El año pasado asumí la ardua tarea de escribir un libro, no tenía muy clara la trama, pero sabía de qué se trataría y en dónde ocurriría: sería de amor y la historia se desarrollaría en la tierra que me crió cuando era pequeño.
Mis padres y sus familias son oriundos del Durazno y Peralillo, dos pueblos del Valle del Elqui. Los primeros 10 años de mi vida los pasé entre La Serena y los constantes viajes de fin de semana y vacaciones a esta tierra. Me crié jugando con barro y bichos, corriendo entre los árboles de paltas y lúcumas, saltando canales de agua, jugando con mis
primos a la escondida entre las plantaciones de la estación, comiendo uva bajo el parrón, corriendo con los perros por la calle, yendo a la iglesia del pueblo, bañándome en el río y queriendo a la tierra. Durante aquellos años todo era juego, risa y lágrimas de rodillas heridas, el cansancio al final de la noche, despertar con pan amasado en la mañana y los pasos de mi abuela rondando la casa a las 5:30 de la madrugada. Pero siempre hay una etapa de cambio y de transito. Cuando cumplí 11 años nos tuvimos que mudar a Quilpué, una ciudad que queda a 6 horas de Vicuña, 5 de La Serena, a 2 horas aproximadas de Santiago y a 20 minutos de Viña del Mar. No fue fácil dejar la tranquilidad y la cercanía con toda la parentela de la ciudad colonial de la cuarta región, para venirnos a un lugar que en un principio encontramos desordenado y ajeno.
Ya han pasado 9 años de eso y seguimos en la región de Valparaiso, pero han sucedido muchas cosas entre medio. Ahora hay un enlace especial con la ciudad de mi adolescencia, con los colegios en donde he estado, con los amigos que se han hecho y por supuesto con el amor. Con el amor, tu mundo cambia, la forma de ver la vida, de pensar, hasta la forma de respirar cambia. Pero más allá de todo lo bueno que me sigue sucediendo en la región porteña, el cuerpo sigue llamando a sus raíces. Cuando se está alejado, se sigue añorando respirar el aire limpio del campo o ver los cielos completamente estrellados del valle. Es por eso que una vez al año, gran parte de mi familia que está dispersa por Chile, hace el intento de volver para reencontrarse, es por eso que decidí basar mi libro en aquel lugar mágico, en donde puedo encontrar sentimientos pasados, lugares secretos, enigmas del campo; en donde los cerros son de colores, el cielo siempre es limpio y la tierra se mezcla con la piel de la gente; en donde se queda una parte de mi corazón cada vez que tengo que volver a la ciudad y a la realidad.